El texto que compartiré a continuación, es autoría de mi amiga y hermana Danyela Peralta, con fragmentos de los libros "Él escogió los clavos" y "Con razón lo llaman el Salvador',
QUÉ PASÓ EN LA CRUZ (I PARTE)
Hace más de 2000 años atrás que todo sucedió, pero fue un hecho tan importante, que hasta la historia marcó.
Un ser divino, humano; justo y sin pecado. Sentenciado al castigo más feroz de la época, la muerte de cruz. Aun cuando no se halló pecado en Él, fue señalado, burlado e injustamente castigado.
Un gobernador llamado Pilato, sabía que no podía culparlo, sabía que no había hombre más justo que Jesús, intentó liberarlo pero no sin antes castigarlo. Quiso librarlo como libraban a un delincuente en la pascua, pero el pueblo prefirió a Barrabás. Pilato quiso absolverlo, de hecho, él podía hacerlo porque él era la autoridad, sin embargo, la presión del pueblo no la soportó, y a gran voz dijo:
“Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.”
Jesús, encadenado, fue llevado por los guardias a su lugar de castigo, y no cualquier castigo, sino al patio de los latigazos. Como un vil ladrón fue torturado, aun cuando sin pecado fue hallado.
Pero luego de los latigazos, cuando debía ser trasladado hasta el lugar de la crucifixión ¿qué pasó? Ese momento en el que los guardias lo tuvieron en la habitación ¿qué pasó?...
En ese momento fueron demostrados los Regalos de Dios…
Cada regalo revela el amor de Dios… pero ningún regalo revela su amor más que los regalos de la cruz. Éstos venían, no envueltos en papel, sino en pasión. No estaban alrededor del arbolito, sino en una cruz. Sin cintas de colores, sino salpicados de sangre.
REGALOS DE GRACIA. Mientras los desenvolvemos, mientras los observamos, de seguro le escucharás susurrarte “Sí, hice todo eso por amor a ti”…
Luego de los dolorosos azotes, esos que le golpearon la espalda, que lo debilitaron, y que casi lo mataron; los soldados hicieron algo inusual, hicieron algo que a simple vista no tiene sentido… Ellos escupieron a Jesús.
Los azotes fueron ordenados, igual que la crucifixión; pero ¿escupirlo? ¿por qué hacerlo? Un escupitajo no puede golpear el cuerpo, no puede herir físicamente. Un escupitajo hiere el alma, y ahí sí es efectivo. Jesús podía evitar eso, pero no lo hizo, lo soportó por AMOR a ti y a mí.
Otro regalo, que muchos han visto, pero pocos han detallado, es la corona de espinas…
Un soldado no identificado tomó ramas: suficientemente maduras como para tener espinas, y suficientemente flexibles como para doblarse, he hizo con ellas una corona de burla, una corona de espinas.
Las espinas representan la consecuencia del pecado de la humanidad. Ahora bien, si el fruto del pecado son las espinas ¿no es la corona de espinas en las sienes de Cristo un cuadro del fruto de nuestro pecado que atravesó su corazón?
Las espinas representan la ansiedad, el miedo, la culpa… todas esas emociones que muchos de nosotros hemos experimentado, en Jesús las espinas nunca causaron efecto pues Él nunca conoció pecado.
Pero más allá de la corona de espinas, más allá de lo que Él hizo mientras estuvo en la tierra ocurrió algo maravilloso. ¿Sabes que fue lo más maravilloso de Aquel que cambió la corona de los cielos por una corona de Espinas?
¡Que lo hizo por ti, sí, por ti!
Escupitajos, Corona de espinas, bofetadas, burlas (“Oh salve Rey de los Judíos”)… todo esto lo soportó Jesús. Cada uno de estos actos es un regalo de la cruz, un regalo de su gracia, un verdadero regalo de amor.
Una vez llegado el momento de la crucifixión, ese momento inmensamente doloroso y aterrador, ese momento en el que los clavos traspasaban la piel, rompían los huesos, y fijaban las manos y pies a ese rustico madero. Ahí, justo ahí se demostró otro regalo de amor.
Su tierna mirada que desbordaba amor, su dulce voz que destilaba compasión, su expresión que rogaba al Padre Misericordia; todo esto en una oración:
“Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”
¿Por qué tanto amor? ¿Por qué si Él era el único justo debía pedir perdón por quienes se burlaban de Él? ¿Por qué no usar su poder sobrenatural y bajarse de la cruz y castigar a quien de verdad merecía el castigo? ¿Por qué no se defendió?...
Todas las preguntas tienen una sola respuesta: Porque todo lo hizo pensando en ti, por amor a ti.
Alrededor de Jesús estaban dos hombres, dos pecadores, dos personas que según la ley de esos tiempos sí merecían ese castigo. Eran dos ladrones, pero con dos destinos distintos… Uno gritaba con cierto sarcasmo “si eres el hijo de Dios bájate de esa cruz, sálvate y sálvanos a nosotros”; mientras que el otro hombre, luego de mandarlo a callar, lo confrontó diciendo “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.” Seguidamente, dirigió su mirada hacia Jesús, y con respeto en su voz, le dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”
Inmediatamente, Jesús, con toda la autoridad que le fue dada por el Padre, le dio a ese pecador una respuesta a su petición. Le dijo:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”
En medio de tanto dolor, en medio de tanto sufrimiento, en plena muestra de amor hubo alguien, alguien que entendió el mensaje de la cruz, alguien que creyó en lo que estaba sucediendo en ese momento, alguien que dio alegría al corazón abatido del Mesías, alguien que comprendió que ese hombre justo de la Cruz era el Salvador de la humanidad…
En medio del dolor hay esperanza para el que entiende el mensaje de la Cruz, ese mensaje es para ti, sí otra vez para ti.
En medio de tanto dolor sintió, humanamente, soledad… escucha su clamor cuando dijo “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” nunca las palabras habían llevado tanto dolor. Es un grito, un lamento, un gemido. Ésta es una oración muy destacada de su venida a la tierra.
“Dios mío”, el grito sale de labios partidos e hinchados, el corazón santo está roto. El que lleva el pecado grita a medida que entra en la eterna tierra vacía.
Él, Jesús, entiende lo que te pasa cuando crees que estás solo; pero Él está a tu lado aun cuando no lo sientas.
En medio de tanto sufrimiento, de un día tan largo, doloroso y para Él silencioso, dijo:
“Tengo Sed”
Esto no fue un dicho divino, no fue el Cristo. Ese fue el dicho del carpintero, del Sediento, del humano. Esas palabras son las palabras de humanidad en medio de la divinidad. Un ser 100% Dios y 100% hombre. Jesús nos recuerda que el verbo se hizo carne, nos recuerda que Él era humano y que también conocía la fatiga que viene con los días largos…
Dios corre el lienzo, y el último acto de compasión creativa es revelado… Dios en una cruz, el Creador siendo sacrificado por la creación, Dios convenciendo al Hombre de una vez y por todas de que el perdón sigue al fracaso… y una vez más Jesús con un gran grito, exclamó:
Consumado Es
La misión estaba terminada, todo lo que el pintor maestro necesitaba hacer ya estaba hecho; y todo estaba hecho en esplendor, su creación podía ahora venir a casa.
¡Y sí, esto también lo hizo por ti!
Una última oración, una muestra de obediencia, de sujeción. Una oración de dependencia, de ejemplo. Las Últimas palabras:
Padre en tus manos encomiendo mi espíritu
Palabras que le dicen al Padre “Es tiempo de volver a casa”… Y el gran Creador fue a casa.
Cuando hubo muerto, aquel centurión que traspasó el costado de Jesús con su lanza, comprendió y dio gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios.”
Entonces, ¿QUÉ PASÓ EN LA CRUZ? Pasó que un hombre enamorado hizo la mejor demostración de Amor por la humanidad, pasó que un hombre escogió los clavos y se colocó en tu lugar, pasó que ese hombre dio los verdaderos regalos de amor que puedas recibir. A ese hombre, a Jesús, con razón le llaman el Salvador.
Así como aquel ladrón hizo una petición a Jesús estando en la cruz, así como aquél centurión reconoció que Jesús verdaderamente era el hijo de Dios, así hoy puedes reconocer que has fallado, que has pecado, que necesitas de Él, que has entendido el motivo y el valor de su sacrificio, que deseas retribuirle tanto amor demostrado… (hacer el llamado).
QUÉ PASÓ EN LA CRUZ (I PARTE)
Hace más de 2000 años atrás que todo sucedió, pero fue un hecho tan importante, que hasta la historia marcó.
Un ser divino, humano; justo y sin pecado. Sentenciado al castigo más feroz de la época, la muerte de cruz. Aun cuando no se halló pecado en Él, fue señalado, burlado e injustamente castigado.
Un gobernador llamado Pilato, sabía que no podía culparlo, sabía que no había hombre más justo que Jesús, intentó liberarlo pero no sin antes castigarlo. Quiso librarlo como libraban a un delincuente en la pascua, pero el pueblo prefirió a Barrabás. Pilato quiso absolverlo, de hecho, él podía hacerlo porque él era la autoridad, sin embargo, la presión del pueblo no la soportó, y a gran voz dijo:
“Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.”
Jesús, encadenado, fue llevado por los guardias a su lugar de castigo, y no cualquier castigo, sino al patio de los latigazos. Como un vil ladrón fue torturado, aun cuando sin pecado fue hallado.
Pero luego de los latigazos, cuando debía ser trasladado hasta el lugar de la crucifixión ¿qué pasó? Ese momento en el que los guardias lo tuvieron en la habitación ¿qué pasó?...
En ese momento fueron demostrados los Regalos de Dios…
Cada regalo revela el amor de Dios… pero ningún regalo revela su amor más que los regalos de la cruz. Éstos venían, no envueltos en papel, sino en pasión. No estaban alrededor del arbolito, sino en una cruz. Sin cintas de colores, sino salpicados de sangre.
REGALOS DE GRACIA. Mientras los desenvolvemos, mientras los observamos, de seguro le escucharás susurrarte “Sí, hice todo eso por amor a ti”…
Luego de los dolorosos azotes, esos que le golpearon la espalda, que lo debilitaron, y que casi lo mataron; los soldados hicieron algo inusual, hicieron algo que a simple vista no tiene sentido… Ellos escupieron a Jesús.
Los azotes fueron ordenados, igual que la crucifixión; pero ¿escupirlo? ¿por qué hacerlo? Un escupitajo no puede golpear el cuerpo, no puede herir físicamente. Un escupitajo hiere el alma, y ahí sí es efectivo. Jesús podía evitar eso, pero no lo hizo, lo soportó por AMOR a ti y a mí.
Otro regalo, que muchos han visto, pero pocos han detallado, es la corona de espinas…
Un soldado no identificado tomó ramas: suficientemente maduras como para tener espinas, y suficientemente flexibles como para doblarse, he hizo con ellas una corona de burla, una corona de espinas.
Las espinas representan la consecuencia del pecado de la humanidad. Ahora bien, si el fruto del pecado son las espinas ¿no es la corona de espinas en las sienes de Cristo un cuadro del fruto de nuestro pecado que atravesó su corazón?
Las espinas representan la ansiedad, el miedo, la culpa… todas esas emociones que muchos de nosotros hemos experimentado, en Jesús las espinas nunca causaron efecto pues Él nunca conoció pecado.
Pero más allá de la corona de espinas, más allá de lo que Él hizo mientras estuvo en la tierra ocurrió algo maravilloso. ¿Sabes que fue lo más maravilloso de Aquel que cambió la corona de los cielos por una corona de Espinas?
¡Que lo hizo por ti, sí, por ti!
Escupitajos, Corona de espinas, bofetadas, burlas (“Oh salve Rey de los Judíos”)… todo esto lo soportó Jesús. Cada uno de estos actos es un regalo de la cruz, un regalo de su gracia, un verdadero regalo de amor.
Una vez llegado el momento de la crucifixión, ese momento inmensamente doloroso y aterrador, ese momento en el que los clavos traspasaban la piel, rompían los huesos, y fijaban las manos y pies a ese rustico madero. Ahí, justo ahí se demostró otro regalo de amor.
Su tierna mirada que desbordaba amor, su dulce voz que destilaba compasión, su expresión que rogaba al Padre Misericordia; todo esto en una oración:
“Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”
¿Por qué tanto amor? ¿Por qué si Él era el único justo debía pedir perdón por quienes se burlaban de Él? ¿Por qué no usar su poder sobrenatural y bajarse de la cruz y castigar a quien de verdad merecía el castigo? ¿Por qué no se defendió?...
Todas las preguntas tienen una sola respuesta: Porque todo lo hizo pensando en ti, por amor a ti.
Alrededor de Jesús estaban dos hombres, dos pecadores, dos personas que según la ley de esos tiempos sí merecían ese castigo. Eran dos ladrones, pero con dos destinos distintos… Uno gritaba con cierto sarcasmo “si eres el hijo de Dios bájate de esa cruz, sálvate y sálvanos a nosotros”; mientras que el otro hombre, luego de mandarlo a callar, lo confrontó diciendo “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.” Seguidamente, dirigió su mirada hacia Jesús, y con respeto en su voz, le dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”
Inmediatamente, Jesús, con toda la autoridad que le fue dada por el Padre, le dio a ese pecador una respuesta a su petición. Le dijo:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”
En medio de tanto dolor, en medio de tanto sufrimiento, en plena muestra de amor hubo alguien, alguien que entendió el mensaje de la cruz, alguien que creyó en lo que estaba sucediendo en ese momento, alguien que dio alegría al corazón abatido del Mesías, alguien que comprendió que ese hombre justo de la Cruz era el Salvador de la humanidad…
En medio del dolor hay esperanza para el que entiende el mensaje de la Cruz, ese mensaje es para ti, sí otra vez para ti.
En medio de tanto dolor sintió, humanamente, soledad… escucha su clamor cuando dijo “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” nunca las palabras habían llevado tanto dolor. Es un grito, un lamento, un gemido. Ésta es una oración muy destacada de su venida a la tierra.
“Dios mío”, el grito sale de labios partidos e hinchados, el corazón santo está roto. El que lleva el pecado grita a medida que entra en la eterna tierra vacía.
Él, Jesús, entiende lo que te pasa cuando crees que estás solo; pero Él está a tu lado aun cuando no lo sientas.
En medio de tanto sufrimiento, de un día tan largo, doloroso y para Él silencioso, dijo:
“Tengo Sed”
Esto no fue un dicho divino, no fue el Cristo. Ese fue el dicho del carpintero, del Sediento, del humano. Esas palabras son las palabras de humanidad en medio de la divinidad. Un ser 100% Dios y 100% hombre. Jesús nos recuerda que el verbo se hizo carne, nos recuerda que Él era humano y que también conocía la fatiga que viene con los días largos…
Dios corre el lienzo, y el último acto de compasión creativa es revelado… Dios en una cruz, el Creador siendo sacrificado por la creación, Dios convenciendo al Hombre de una vez y por todas de que el perdón sigue al fracaso… y una vez más Jesús con un gran grito, exclamó:
Consumado Es
La misión estaba terminada, todo lo que el pintor maestro necesitaba hacer ya estaba hecho; y todo estaba hecho en esplendor, su creación podía ahora venir a casa.
¡Y sí, esto también lo hizo por ti!
Una última oración, una muestra de obediencia, de sujeción. Una oración de dependencia, de ejemplo. Las Últimas palabras:
Padre en tus manos encomiendo mi espíritu
Palabras que le dicen al Padre “Es tiempo de volver a casa”… Y el gran Creador fue a casa.
Cuando hubo muerto, aquel centurión que traspasó el costado de Jesús con su lanza, comprendió y dio gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios.”
Entonces, ¿QUÉ PASÓ EN LA CRUZ? Pasó que un hombre enamorado hizo la mejor demostración de Amor por la humanidad, pasó que un hombre escogió los clavos y se colocó en tu lugar, pasó que ese hombre dio los verdaderos regalos de amor que puedas recibir. A ese hombre, a Jesús, con razón le llaman el Salvador.
Así como aquel ladrón hizo una petición a Jesús estando en la cruz, así como aquél centurión reconoció que Jesús verdaderamente era el hijo de Dios, así hoy puedes reconocer que has fallado, que has pecado, que necesitas de Él, que has entendido el motivo y el valor de su sacrificio, que deseas retribuirle tanto amor demostrado… (hacer el llamado).

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